1/05/2022

PÁGINAS SUELTAS (8) YA ESTÁN AQUÍ…Y VIENEN DE ORIENTE.







"¡¡¡Cállate que nos van oír!!! , ¡Shssss!!! , ¡¡¡ Sois tontos, nos van a dejar sin nada!!!"...En el cuarto de las literas crecía la tensión. "¿pero no los oís?... Sí, pero ya ha dicho papá que no nos levantemos que como nos vean se van" . Los tres hermanos no podíamos ocultar nuestro nerviosismo, después seríamos cuatro y finalmente cinco. En la habitación de al lado dos hermanas , a falta de la tercera. Esa noche la abuela materna dormía con ellas y trataba de tranquilizarlas.

Sonido de papeles , voces atenuadas y toses que me recordaban a nuestro padre, pero deducía que debía ser el sonido que emitían todas las personas mayores que fumaban porque los Reyes Magos también lo hacían y antes de acostarnos y tras colocar minuciosamente nuestros zapatos, uno por cada uno, acompañábamos a mi padre a rellenar tres copas de cava, creo que era sidra, algunos plátanos, chocolates, turrones, y dejábamos abierta una caja de puros de la que siempre faltaba cuanto menos uno, cuando nos levantábamos.

No sabemos cuál de los tres fumaba, pero hacíamos nuestras conjeturas. Asegurábamos, también que los habíamos oído y alguno afirmaba que había llegado a ver a Melchor que se había asomado para comprobar si dormíamos. Sobre la sidra había más certeza porque las tres copas estaban exprimidas hasta la última gota.

La noche de Reyes no era como Nochevieja, pero nuestros padres no se perdían la fiesta. Salían un rato, pero se comprometían a estar pronto de vuelta porque debían estar pendientes de que no les faltara nada a nuestros ilustres visitantes. Antes nos recomendaban por activa y por pasiva que nos acostáramos y nos durmiéramos pronto .



Foto de La Plaza de Sanse.es


Era complicado, pero acabábamos cayendo en los brazos de Morfeo. Al despertar los Reyes ya habían cumplido su cometido. Nos faltaba entrar en el cuarto de estar donde depositaban sus regalos, pero ya habíamos comprobado que las copas estaban vacías, varias colillas en los ceniceros, no solo la del puro y las cascaras de plátano prueba de que ellos, sus pajes o sus camellos habían probado los alimentos o bebidas que habíamos preparado para aliviar tan larga travesía.

Todos con nuestros pijamas y batas despertando a los más rezagados que, siempre, solían ser nuestros padres y que nos miraban con extrañeza, como si no fuese con ellos la cosa, cuando irrumpíamos en su habitación y les apremiábamos para que se levantasen. Seguramente no era más tarde de las ocho de la mañana.


Cuando éramos cuatro y dos chicas


Había que cumplir un rito, nada de entrar por separado, todos juntos y en fila india. De menor a mayor algo que debí trasformar en mi cerebro o en mi memoria porque cuando a mí me tocó ejercer de padre cambié el orden y el que iniciaba la fila era el mayor de los hermanos. Ya que eres el mayor tienes que tener algún privilegio porque toda tu vida te recordarán que eres el primogénito.

Estábamos en que la puerta se abría muy lentamente. Mi padre asomaba la cabeza y nos miraba. "No veo mucho, pero si, parece que han dejado algo"… En la fila había nerviosismo y algunos querían colarse . Estaros quietos cuento hasta tres… "Uno, dos---todos empujándose-dos y medio- alguna protesta- y tres".

Ahí ya no valía la fila, a veces alguno de los pequeños caía al suelo ante el impulso de los mayores. Ver el cuarto de estar lleno de paquetes y globos era una sensación que solo se producía una vez al año. No había exceso de regalos, la oferta no era tan amplia como ocurriría con mis hijos o mis nietos. A finales de los cincuenta y durante los sesenta los juguetes no eran tan sofisticados como los de ahora .




El más llamativo era el scalextric que compartimos los tres, así como otros juguetes que fuimos
recibiendo en sucesivos días de Reyes como el cine Exin, equipaciones de futbol, balones, fuertes con sus vaqueros e indios o aquel puente sobre el río Kwai, basado en la película del mismo título, que se nos mostraba majestuoso en las baldosas del cuarto de estar mientras el tren hacia su recorrido y en rededor se distribuían las figuritas que representaban a los héroes de la película…El coronel Nicholson (Alec Guinnes), Mayor Shears (William Holden), Mayor Warden (Jack Hawkins) o el Coronel Saito (Sessue Hayakawa)…Eran los personajes que habíamos admirado en el cine cuando nuestros padres nos llevaron a ver la película . Tengo a un clic en mi memoria la explosión del puente y la consiguiente caída del tren del ejército japonés. Debió ser una de las primeras películas que vi en la sala oscura y recuerdo muy bien la historia y el tono épico de la narración, aunque haya tenido ocasión de verla después en VHS. La melodía silbada está en la memoria de toda mi generación.




Pero no voy a desviarme. Vuelvo a ese cuarto mágico donde se hacían realidad los sueños . Las niñas recibían sus muñecas que con el tiempo hablaban ,lloraban o reían ; algunos cacharritos que hoy serían tildados de sexistas o cualquiera otra cosa que no buscaba equilibrar a los géneros si no diferenciarlos. Solo se hablaba de juguetes para niños o juguetes para niñas y el único punto de coincidencia estaba en los Juegos Reunidos , rompecabezas u otros juegos de mesa. Hasta en los libros había literatura diferente. Robin Hood, Los tres mosqueteros, Veinte mil leguas de viaje submarino para los niños; Celia, Mujercitas, Heidi para las niñas. Enid Blyton ayudaría a unificar a los lectores




Reyes en casa. Todo empezó en el 80




Cuidado que muerde





El placer de abrir los regalos


Pero aquel 6 de enero, todos los 6 de enero, no había hecho nada más que empezar. Quedaban regalos. los de los cuatro abuelos o los de mis padrinos que siempre me proporcionaban algún buen e inesperado regalo.

El 6 de enero comíamos todos en casa de los abuelos paternos, aunque recuerdo a mi abuelo vagamente porque murió cuando no había cumplido los siete años. Tenía Parkinson y sus movimientos, siempre acompañado, eran lentos y temblorosos. Estaba ausente, aunque estuviera en su sillón junto a nosotros, la enfermedad le consumía poco a poco. Mi abuela contaba que los primeros síntomas comenzaron el día en que enterraron a su hijo Ignacio que murió de meningitis con solo trece años, el 6 de junio de 1944, en que se produjo el desembarco aliado en Normandía. No conocí a aquel tío, pero su presencia siempre estaba en la casa. Había una foto de Ignacio en el gabinete ,sonriendo, sentado con un libro abierto y un mapa tras él, mirándonos cada vez que pasábamos por delante . Siempre estuvo esa foto ahí y en lo alto del armario del dormitorio de mi abuela escondían el tren eléctrico y otros objetos personales del niño que nunca envejeció.




Pero estábamos en el Día de Reyes y esa comida a la que asistíamos en bloque porque, además, durante la tarde, tendríamos una merienda multitudinaria ,chocolate y roscones en la que estarían nuestros primos y tíos. De los ocho hermanos que quedaban de la familia de mi padre ,solo había tres solteras, y el resto llegaron a sumar hasta veinte hijos, aunque no llegábamos a coincidir todos porque algunos, sencillamente, no habían nacido. Nos llevábamos más de quince años entre los mayores y los pequeños.

Echando la vista atrás no sé cómo los mayores podían sobrevivir a aquel día con niños corriendo por todos lados, portazos, gritos y sin que la casa fuese demasiado grande. Los mayores se refugiaban en el comedor y el gabinete donde recogíamos los regalos que los Reyes nos habían dejado y en los que destacaban los libros y algún que otro juego de mesa. Si uno era ahijado de alguno de los asistentes siempre tenía un regalo mejor que el resto .

Cuando la noche caía comenzaban las despedidas. Nos dirigíamos agotados al 600 o al 1400 que lo sustituyó. Los regalos en los exiguos maleteros . Los niños apretujados en los asientos traseros discutiendo sobre a quien le tocaba la ventanilla. El coche arrancaba y comenzábamos el camino de regreso. En diez minutos estaríamos en casa. Durante el trayecto ya sentía la nostalgia de las Navidades pasadas. Reyes era el día más alegre pero también el más triste porque se terminaban unas fechas especiales y todo volvería a ser como antes. Saldríamos de la burbuja para volver al colegio , aunque todavía tuviésemos una prórroga.

El siete es número de suerte. El de apurar hasta el final los días mágicos de la infancia. Al día siguiente, Don Genaro, nos estaría esperando.








3 comentarios:

Unknown dijo...

Que maravilla!!! Me emocionan tus palabras primo. Que tiempos tan bonitos, los tendré siempre en mi memoria. Un abrazo inmenso

Eduardo M. dijo...


Es lo que nos queda ...Recordar los buenos tiempos.

Eduardo M. dijo...

Ah y me apareces en el blog como desconocida,