Mientras
Madrid celebra por todo lo alto el triunfo de la selección española en el
Mundial yo viajo en el Alvia camino de la capital desde el Puerto de Santa
María donde he estado la última semana.
Anoche viví un partido en que solo un equipo quiso jugar al fútbol, al otro se le
presupone que su intención era volver a ser campeón del mundo ,pero se le
olvidó tirar a puerta…Estuvo todo el partido pertrechado en su área esperando
que alguna pelota le llegase al dios Messi y fuera capaz de asistir o de ser el
mismo quien perforara la meta española. Todo en la imaginación porque no he visto
una Argentina peor en la historia. España tiró 20 veces, le anularon un gol que
todavía sigo sin saber por qué y Argentina solo disparó dos veces en los minutos
finales , en la agonía de saberse perdedor, sin responder al dominio de una
España que sigue teniendo a Rodri como su faro, capaz de marcar el ritmo que
debe seguir el equipo, con una naturalidad insultante.
Todo han
sido elogios para el combinado español al que solo le ha faltado más acierto de
cara al gol. Si España tuviese un jugador del estilo de Haaland, Mbappé o Kane
las goleadas a los rivales podrían ser épicas porque el dominio del juego lo tiene
en todos los partidos.
Han sido
casi cuarenta días de fútbol. Más de un mes con el balón llamando a la puerta e
invitándonos a esas disputas de más de noventa minutos, sin contar las
prolongaciones y ,en algunos casos, las prórrogas con los equipos disputando la
victoria y la de sus países que han vivido con intensidad su presencia en EEUU,
México o Canadá.
Países con
una enorme tradición futbolística como Italia, incluso Dinamarca, no pudieron
clasificarse para el Mundial. Otros cayeron a las primeras de cambio como
fueron los casos de Uruguay o Turquía; después, en rondas sucesivas se fueron
para casa la pentacampeona Brasil o la tetracampeona Alemania. Argentina que no
tuvo rivales de entidad hasta las rondas finales, las pasó canutas contra Cabo
Verde, Suiza o Egipto y en semifinales, la mejor Inglaterra desde el 66, tuvo contra
las cuerdas a la albiceleste hasta que remontó en los minutos finales.
Messi, en su
declive, fue de más a menos, y su carisma no sirvió para sostener a un equipo
ramplón y sin juego de ataque.
Su derrota
ante España, que debió ser mucho más abultada, confirmó que no solo corriendo o
entrando con fuerza y dureza a cada balón se ganan los partidos. Hay que
utilizar la cabeza y el toque para apaciguar cualquier arrebato de furia. Y
España lleva mucho tiempo haciéndolo olvidándose de aquello que se denominó la “furia
española” y que siempre nos mandaba para casa a las primeras de cambio.
En 2026 como
en 2010 somos campeones del Mundo.
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