Si nos
hubiésemos cruzado con ella en cualquier calle, de cualquier ciudad no
hubiésemos reconocido a una ancianita que imaginamos entrañable, caminando lentamente
del brazo de una mujer más joven, seguramente una inmigrante. Marilyn hubiese
cumplido esta pasada semana, el día 1, cien
años.
Es buen
momento para el recuerdo, para que las nuevas generaciones conozcan una actriz
que se comía literalmente la pantalla. En TVE volví a ver “Niágara” donde
interpretó a Rose Loomis, una mujer fatal y seductora que planea asesinar a su
marido.
Marilyn
Monroe, nacida Norma Jean, se hizo con la pantalla y la cámara que la quería
como solo antes quiso a Greta Garbo. En “Niágara” se acercaba a los mortales
mirándolos con vestido rojo pasión, que no lo era, entonando kiss-me y confundiéndose con una
catarata que imantaba a quién la viera. Aquella película era de 1953, un año en
que también protagonizó “Los caballeros las prefieren rubias”, película que
refrendó su magnetismo, incluida la crítica, aunque debieron pasar otros dos
años más para que su fama traspasara fronteras con “La tentación vive arriba”,
de Billy Wilder, en que la ropa interior la guardaba en la nevera y, sobre
todo, dejaba en la retina de generaciones la mítica secuencia del vestido
blanco levantado por el aire del metro y que se convirtió en una de las
fotografías más populares del siglo XX.
Su prematura
muerte en 1962, rodeada desde entonces por diversas teorías, interrumpió una
carrera que parecía imparable y que auguraba un futuro que nos hubiese deparado
personajes más complejos y difíciles como el que interpretó en “Vidas
rebeldes”, de John Huston, que sería su última película antes de suicidarse.
Millones de
personas, generación tras generación se han dejado seducir por aquellos
cabellos rizados, rubios y la sonrisa de una mujer llena de sensualidad y, en
ocasiones, de tristeza. Hay multitud de libros , miles de artículos y
reportajes e incluso varias películas de ficción y documentales que tienen a
Marilyn Monroe como protagonista.
Fue un icono
del siglo XX y sus posters decoraban casas de cualquier lugar del mundo. En la
pantalla fue diosa, en la vida muñeca rota. Objeto de deseo nacida de películas
que nunca le dieron el Oscar.
Marilyn
sonreía cuando estaba rota por dentro porque nadie supo, realmente, quién era
Norma Jeane.
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